Archivos Mensuales: julio 2013

Vacaciones en el Sol: Bitácora de un viaje al Sudeste Asiático

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La canción ‘holidays in the sun’ de los Sex Pistols termina diciendo algo así como ‘A cheep holiday in other peoples misery’ (vacaciones baratas en la miseria de otros). En esta bitácora hablaré de las impresiones obtenidas luego de un viaje de pasajes gratis que emprendí al alucinante Sudeste Asiático, específicamente a Indonesia, Malasia, Camboya y Tailandia.

Como pretender hablar de la cultura de un país en una visita de sólo semanas es bastante pretencioso, me enfocaré en los elementos que me parecen importantes de analizar desde ECONONUESTRAS, en este caso: una reflexión crítica en torno al turismo, del que también fui parte.

Decía ‘alucinante’, porque la vida y la historia allá, 12 horas más cerca del sol, genera naturalmente mucha admiración. Por su valor histórico: desde sus glorias de hace mil años (como deslumbran los templos de Angkor), pasando por la colonización europea de la que fueron víctima (holandeses en Indonesia, ingleses en Malasia y Tailandia, y franceses en Camboya) debido al interés geopolítico que despertaba en las potencias del comercio de la época, hasta las guerras entre países vecinos y las revoluciones y guerras internas (mención especial para la tiranía antipopular de Pol Pot). Por su suculenta cultura: desde la comida y la arquitectura hasta sus múltiples expresiones religiosas. Por sus vertiginosos cambios actuales: al adentrarse en el concierto neoliberal global, además de la influencia que está ejerciendo el imperialismo chino. Pero más que todo: por la alegría y sencillez de su gente que, junto al clima y los cautivantes escenarios, recuerdan el abrazo caluroso que se percibe en la cintura de nuestro subcontinente latinoamericano.

Tourism is exploitation

Pero lamentablemente, ‘alucinar’ tiene también otra acepción: la generación de una imagen falsa en la mente. Y es que, a primera vista, cuesta discernir entre lo real y lo que es una maqueta construida para el turista. Es evidente que cada vez que uno visita otro territorio, ciudad, país o continente, se va a encontrar con sitios maquillados para deleite de las hordas de turistas, pero otra cosa es la profundización de un proceso que algunos llaman aculturación. En el caso del Sudeste Asiático, específicamente Tailandia, el impacto de la invasión mayoritariamente blanca ha generado un proceso de occidentalización que impide diferenciar entre la cotidianidad local y algo que parece una completa adecuación a los intereses del extranjero.

La fauna local encadenada es una postal típica del turismo no sustentable. Imagen: Leopardo en las calles de Kanchanaburi, Tailandia, por econonuestras.

Todos los países visitados están sumándose al devastador proceso de la globalización neoliberal. Malasia fue el primero, luego Tailandia y últimamente va despertando el gigante conjunto de islas de Indonesia junto al golpeado pueblo de Camboya. Por ello, es que el Neoliberalismo y sus antivalores se manifiestan en el comportamiento de huéspedes y parásitos.

La aculturación es uno de estos comportamientos asociados al creciente turismo en la zona gestionado con una visión neoliberal. Y las amenazas al valor cultural no se quedan allí: también están relacionadas con la mercantilización de las tradiciones, la imitación de la cultura extranjera y la adecuación de sus patrones de consumo, lo cual además impacta el medio ambiente. Será difícil olvidar a esos monos con una dieta a base de pan y coca cola, cortesía de los turistas y los mismos guías.

Y es que cuando un país ha sido mediáticamente liderado por un multimillonario que opina que “un país es una empresa y una empresa es un país”, no debiesen extrañar las consecuencias que la mentalidad empresarial cortoplacista-en-búsqueda-de-la-ganancia generan en la sociedad. Me refiero a Tailandia, y aquella cita corresponde al llamado ‘Berlusconi tailandés’: Thaksin Shinawatra, ex primer ministro culpable de corrupción, actualmente autoexiliado en Dubai. La venia de las autoridades sumado a la parsimonia del turista generan un cóctel tóxico.

Ya en Chile, muchos me comentaron la similitud que tiene el caso de Tailandia con el de Cuzco en Perú, y también con el de San Pedro de Atacama en Chile, donde se ha difuminado la esencia incaica y atacameña, respectivamente. En el caso de la ex capital del Tiwantinsuyo, el centro histórico es privativo para el disfrute del turista, con bares y discotecas exclusivas para visitantes, ocultando la realidad que se vive a 20 minutos en combi hacia los alrededores de la ciudad marrón.

Volviendo a Tailandia, párrafo especial merece ese turista fácilmente caricaturizable: alrededor de los 60 años, barrigón, pelo cano, de short y sandalias, que no tiene interés alguno en las ruinas o en la rica cultura thai, sino que prefiere deambular en los barrios rojos tailandeses. El país siamés es considerado uno de los referentes del turismo sexual mundial, con especial énfasis en la explotación sexual infantil. La combinación entre cuantiosos dólares transformados en bahts (la moneda tailandesa) y la pobreza de la mayoría de la población asiática, generan una simbiosis difícil de romper en torno al comercio sexual.

Y es que el dinero extranjero, en países que son considerados como ‘baratos’ por el mundo desarrollado, fabrica una forma subterránea de colonialismo por la dependencia hacia los desembolsos del extranjero, donde las cadenas de servicios y productos están hechas a la medida del turista.

La empatía es sustentable

Por lo anterior, es que uno de los tópicos pendientes en la economía crítica es la investigación en torno al turismo sustentable. Hay muchos proyectos sostenibles llevados a cabo por comunidades que quieren enseñar su cultura, mostrándose pero sin negociar sus formas de vivir. Se abren al mundo y a la vez abren mentes, abrazando los beneficios a corto plazo, pero sin tranzar el largo plazo, el medio ambiente, la cultura, la identidad, su autenticidad y belleza.

Si se tiene la oportunidad de salir del hogar, aunque sea a la plaza más cercana, el mensaje es el mismo: empatía. Porque aunque suene a una conclusión liviana, después de todo tratar otro hogar como si fuera nuestro, establece el piso mínimo desde el cual se puede generar una transformación en nuestro rol como visitantes. Empatía como un comienzo: con estos otros mundos, con los cuales tenemos mucho más en común, sin obviar la sabrosa y necesaria diversidad. Empatía, para recordar que la pobreza en ningún lado es bella o ‘folclórica’, porque es resultado de la opresión y la explotación, ya sea laboral, medioambiental, sexual, o cultural. Empatía: porque lo primero es aprender a saludar en su idioma y, sobre todo, a dar las gracias.

PD: Ah! Y para los misóginos que me han preguntado: sí, conocí a las minas camboyanas. He aquí una foto de aquellas que aún son protagonistas de la historia de aquel cándido país, minas antipersonales que cobraron tantas vidas y mantienen mutilados a muchos habitantes de las zonas rurales de Camboya, muchos de ellos niños. Nunca está de más reemplazar los epítetos sexistas por un poco de realidad histórica.

En la parte superior de la imagen aparece una foto de Aki Ra, ex niño soldado, hoy dedicado a desactivar minas antipersonales, las cuales pueden observarse en la parte inferior. Imagen: Museo de Minas en Siem Reap, Camboya, por econonuestras.

74° Capítulo de ECONONUESTRAS 29-jul-2013

la voz

Hablamos de Turismo y explotación, de las promesas de igualdad, América Latina según el resto del mundo, Libre Comercio y Chile, y el poder de los ricos.

¿Por qué la clase media es una falacia?

Las clases medias no tienen ideas enteras3

por Víctor Casas Pou, publicado en rebelion.org

Lo primero que voy a hacer hoy es avisar de que la sociología no es mi fuerte y que probablemente, si alguien ligado a esta disciplina lee esto, es muy posible que no comparta muchas cosas. También quiero señalar, por no faltar a la costumbre, que esa es la intención.

Vaya por delante que en tiempos también me he visto seducido por propuestas neoweberianas que intentan explicar que en sociedades complejas, el esquema dicotómico marxista de clase estaba superado y que no era un criterio útil para analizar (principalmente), la Europa posterior al Plan Marshall.

Sin embargo, la historia que están escribiendo los pueblos europeos actualmente es el mejor ejemplo de que sí que existe un motor de la Historia. Y ese motor es la lucha de clases.  Por eso, en esta entrada voy a intentar ser muy claro: la clase media (como elemento objetivable y estanco) no tiene ningún fundamento en la praxis.

De inicio, lo que presupone la noción de clase media es una renuncia explícita a ser encuadrado como clase trabajadora. Progresivamente, esta condición ha sido reservada para mano de obra de baja cualificación, preferentemente manual. La forma para crear esa barrera clasista de diferenciación ha sido establecer una nueva categoría sociológicamente indescifrable.

Un hecho relevante en esta “huída” de la condición de clase trabajadora, es que este fenómeno ha estado potenciado de manera muy paradójica, por la subida al poder de partidos socialdemócratas, inicialmente en el centro y norte de Europa, y, posteriormente, en el resto del continente. La cristalización del Estado del Bienestar se apoyaba en una terciarización y desarrollo del sector servicios (educación, sanidad, burocracia, prestaciones, etc.) que de manera constante adquirían mayor peso en detrimento de los sectores industriales.

Hay que decir que esto no es un proceso aséptico sin ninguna implicación social. Más bien todo lo contrario: la disminución progresiva del sector industrial está ampliamente ligada al intento de privar al (lugar de) trabajo como elemento aglutinador de clase. Cuando Margaret Thatcher emprendió su batalla contra los sindicatos y contra los mineros, no era una simple cuestión de orden público: estaba sentenciando de muerte al movimiento asociativo-sindical. En el sector industrial se plasma de manera inequívoca la dialéctica sobre los medios de producción descrita por Marx. La fábrica ha sido históricamente el germen del movimiento y el lugar que ejemplificaba y reforzaba la conciencia de clase. En este esquema, no había dudas sobre de qué lado estaba cada uno. La intención de trasvasar ese potencial contestatario al sector servicios, lleva claramente implícito una apuesta por atomizar a los individuos limitando los vínculos de solidaridad y pertenecía colectiva. Es decir: el individuo que trabaja por su cuenta no desarrolla de igual medida la conciencia que sí que macera en entornos donde confluye una gran masa trabajadora. La razón, ya se ha apuntado: la atomización de la sociedad y la inherente voladura de los vínculos grupales. A esto hay sumarle los procesos de reconversión industrial y de deslocalización de la producción. Todo ello nos sitúa en un escenario que podría denominarse desproletarización.

Una de las enseñanzas que de esto se desprende es que en un momento de crisis sistémica como el actual, los lazos entre los que de manera inequívoca sufren las consecuencias del sistema, son ínfimos. La estructura productiva se ha concebido bajo esa lógica. Ha habido un desclasamiento fomentado e impulsado que impide la emergencia y solidificación de respuestas colectivas. Dos de las grandes victorias del capitalismo en esta crisis son haber puesto en evidencia a sus adversarios ideológicos, dado que no se han postulado alternativas (lo que sitúa a la izquierda en una situación altamente dramática); y haber desintegrado la conciencia de clase como elemento aglutinador. No hay que olvidar que gran parte de la emergencia social que vemos no tiene ningún bagaje político previo hasta la efervescencia de la crisis. Dicho sin tapujos: aquellos ilusos aburguesados que se han creído clase media.

Pero, ¿qué es la clase media? Si la respuesta me correspondiese darla a mí, contestaría sin dudarlo que es la no-clase, aquellos que han interiorizado que vivimos en sociedades postmodernas en las cuales el individuo, apoyado en su esfuerzo, podrá llegar tan lejos como se lo proponga. Cualquier mención a conciencia de clase les sonará a decimonónico y a terminología obsoleta y superada. Reniegan de la clase obrera porque parte de su trabajo es de naturaleza “intelectual”, y aspiran al ascenso social, a la que sólo una micronésima parte accederá. La práctica totalidad, se quedará en el camino anhelando el lujo próximo, pero a la vez inalcanzable.

Lo realmente trágico de esta situación es que la autodenominada clase media no se ve a sí misma como lo que realmente es: trabajadores que tienen que vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Independientemente que se tenga mayores o menores capacidades de cualificación y/o de organización (siguiendo el esquema de Olin Wrigh), al final, el trabajador no deja de ofertar mano de obra de la que se extrae una plusvalía. Este hecho exigiría una reubicación en el cuerpo social, y su retorno a su lugar natural, es decir, la clase trabajadora. Pero en el imaginario ha calado y se ha imbricado de manera perenne esa construcción artificial llamada clase media.

Pero lo realmente curioso, es, que en cambio, la burguesía capitalista, sí es perfectamente consciente de la dicotomía existente. No han sido ni Zizek, ni Badiou, ni Negri, ni Chávez los que más promoción y notoriedad han otorgado al concepto de lucha de clases en los últimos años. Ha sido Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo, que afirmó sin ambages que por supuesto que existe lucha de clase, y que la suya iba ganando. Resulta muy tentador apuntar a la frase de Marx de primero como tragedia después como farsa. Es una tragedia que vivas confundido; es una broma macabra que tu enemigo sepa que estás confundido.

Pero incluso, ese discurso que consideran trasnochado acerca del antagonismo de clase, se podría explicar bajo conceptos y paradigmas del siglo XXI. Nunca en la Historia ha habido tanto dinero circulando, sin embargo, paralelamente, se produce un empobrecimiento generalizado.

¿No sería una pregunta capital preguntarse si más que una mera casualidad sea una verdadera causalidad? Es evidente que ambos procesos son dos factores indisolubles. La pauperización va de la mano de la voracidad acumulativa de las élites. En este último mes dos noticias mostraban las dos caras de la misma moneda: un informe de Unicef recogía que “Más de 2.200.000 niños están por debajo de umbral de la pobreza en nuestro país, y su número ha aumentado en más de un 10% durante la crisis.”; por otro lado, el Informe Anual sobre la Riqueza en el Mundo constataba que en España el numero de ricos ha crecido en un 5.4%, lo que demuestra que esta crisis económica está siendo una muy buena salida para los inversores que están acertando.

¿De verdad que no se puede establecer vinculación entre ambos fenómenos? Propondré una cuestión sencilla de responder. En el Estado español, la desigualdad se acrecienta a pasos agigantados. Los grandes capitalistas aumentan sus beneficios a la par que el número de parados aumenta de manera vertiginosa. En este escenario, la burguesía achaca a la falta de competitividad y las rigideces laborales la situación del país. La solución: reforma laboral que facilita el despido. Lo que el paro ha supuesto siempre es un elemento de violencia sistémica contra los trabajadores, un mecanismo para disciplinar a la masa trabajadora. Y ese paro, afecta brutalmente a la autodenominada clase media. ¿Dónde está la diferencia entre un obrero en paro y un licenciado con dos Masters que compite por trabajos de similar remuneración? ¿Realmente en este escenario hay alguna duda de que la clase media no es sino clase trabajadora embaucada con falacias postideológicas?

Analizado desde un punto de vista más técnico, si el antagonismo de clase basado en la propiedad de los medios de producción no es suficiente para muchos de cara a explicar la situación actual, lo diremos de otra manera. Hay un indicador claro que marca en qué lugar del espectro social está cada uno. Dicho indicador se basa en la naturaleza de la principal fuente de ingresos, es decir, si las rentas se derivan del capital o del trabajo. Aquellos que pueden vivir de los ingresos asociados a las rentas del capital, se conforman y se autopropagan como clase capitalista. Los que sólo podamos vender nuestra forma de trabajo y en base a eso, obtener nuestros ingresos, somos clase trabajadora. Tan sencillo como eso. Además, otro elemento de clase no suficientemente remarcado, es el marco fiscal existente, donde de manera objetiva, las grandes fortunas soportan una carga impositiva adjetivamente inferior.

Preguntaría a aquellos que se consideran clase media de donde obtienen sus ingresos. Y les preguntaría si ha compensado el desclasamiento general ahora que no se perciben soluciones inminentes para los problemas que nos acechan. Quizá, puede, a lo mejor, sea porque acostumbrados al letargo, se pretende buscar soluciones coyunturales a problemas estructurales. Son muchos los que todavía piensan que el problema se soluciona con parches. Esa pérdida de conciencia les impide ver que la crisis (todas las crisis), es consecuencia del funcionamiento ordinario del capitalismo. Y mientras tanto, como dice Riot Propaganda: “la clase obrera gime, la burguesía ríe”.

Un último factor a apuntar, de trascendencia infinita, es que siempre se ha dicho que la clase media era el soporte de la democracia. Y esto explica muchas cosas: un elemento que es artificial es el motor de un concepto que es mentira. Por eso estamos donde estamos: los trabajadores que se han creído potenciales ricos son los mismos esclavos que se pensaron que su voto cuatrienal servía para decidir.

Ha llegado el momento de hacer saltar por los aires todo el universo conceptual existente y redefinir los alineamientos de clase. Y que a nadie se le olvide:

“Toda la historia de la sociedad humana, hasta el día, es una historia de lucha de clases”.

http://rebelion.org/noticia.php?id=171772

Chile desarrollado: ¿chiste o provocación?

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por Paul Walder para Punto Final, extraído de elciudadano.cl

El lunes 1º de julio la economía chilena ascendió a otro escalón de los rankings internacionales: el Banco Mundial cambió la calificación de Chile de país de ingreso medio-alto, a país de ingreso alto, categoría que comparte a partir de ahora con todas las naciones denominadas desarrolladas. Desde este mes, la economía chilena se codea con la portuguesa, española, pero también con la canadiense, francesa, alemana o japonesa. Desde julio, es también el primer país latinoamericano en ostentar esta calificación.

El nuevo impulso, que se agrega al de hace cuatro años cuando ingresó a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) aun cuando previsto, se ha adelantado. Desde 2010 el ministro de Hacienda, Felipe Larraín, había venido anunciando este “salto al desarrollo”, que preconizaba para finales de la década. Hoy Chile, con un ingreso per cápita por paridad de compra (PPD) que en 2012 marcó 21.500 dólares anuales (diez millones 750 mil pesos anuales o casi 900 mil pesos mensuales) está levemente por debajo de Portugal, que tiene un ingreso de 24.600 dólares, y por sobre México, con 16.600, y muy lejos de Brasil, con apenas 11.750 dólares.

El anuncio lo hizo Larraín junto al presidente Sebastián Piñera y al titular del Banco Mundial, el coreano nacionalizado estadounidense Jim Yong Kim, de visita en La Moneda. Aunque Larraín expresó su satisfacción por la calificación, la realidad es que no había mucho que festejar. El clima social y político no está para celebrar este tipo de anuncios. La opinión pública chilena desde hace varios años es consciente del significado que tienen estas medallas. Que Chile sea hoy estimado en el concierto mundial como un país de ingreso alto, es parte de un proceso que tiene sus orígenes, por lo menos, un par de décadas atrás y que está circunscrito a la liberalización y globalización de su economía. Para comprender la inclusión de Chile en este ranking tendríamos que comenzar a recordar las reformas estructurales “sugeridas” por este organismo y el FMI, que significaron colocar los puntales de la institucionalidad económica actual. Reformas que consistieron en la privatización de prácticamente todos los activos del Estado, la reducción drástica del aparato público y el traspaso, con la excepción de Codelco, de toda la explotación de los recursos naturales al sector privado. Que hoy la educación y gran parte de la salud esté en manos de corporaciones, es un efecto de esas transformaciones.

EL PARAISO NEOLIBERAL

El ingreso de Chile en el exclusivo club de países de altos ingresos representa haber alcanzado la meta de las políticas neoliberales instaladas hace más de tres décadas por las grandes corporaciones, apuntaladas por las élites políticas y financieras. De cierta manera, el modelo ha llegado a su destino: el paraíso del libre mercado expresado en un PIB de 268 mil millones de dólares. Bajo otra mirada, que es la del 90 por ciento de la población, esta calificación es un número más, un titular ajeno en la prensa especializada. ¿Qué sentido tiene un número que le asigna a cada chileno un ingreso de 900 mil pesos mensuales, con la disputa mezquina de un salario mínimo que apenas supera los 200 mil? ¿Dónde están los 21.500 dólares anuales de los niños de La Araucanía? ¿Cuál es el ingreso per cápita del 1% más rico de la población? Con estas cifras podemos decir que el discurso neoliberal que relaciona crecimiento económico con desarrollo, está acabado. El modelo, como máquina de creación de riqueza sobre la base de la desigualdad, ha tocado fondo.

Es también posible comprender el ingreso de Chile a este grupo de naciones como una jugada política del Banco Mundial. En tiempos de franco retroceso y deterioro del modelo de libre mercado, no está demás levantar a uno de los mejores alumnos de la doctrina neoliberal y premiarlo con una nueva medalla. Chile, que ha sido durante dos décadas el paradigma de la ortodoxia mercantil para Latinoamérica y también para parte del mundo, necesitaba un nuevo incentivo.

Pese a todo esto, el gobierno y el empresariado apenas festejó la inclusión de Chile en este club. Una actitud muy diferente a la que tuvieron los gobiernos de la Concertación al suscribir tratados de libre comercio durante la década pasada, los cuales fueron anunciados de manera grandilocuente como un paso más para traspasar el “umbral del desarrollo”, el ingreso, recordemos, a “las grandes ligas”. Hoy, cuando el Banco Mundial incluye a Chile entre aquellas naciones desarrolladas, parece que no hay mucho que aplaudir. Tras la cifra, no hay magia. Todo sigue igual. Los problemas parecen ser mayores que hace diez o veinte años.

Este evento, que ha pasado sin pena ni gloria, refleja el gran cambio que ha tenido el país en los últimos años. No se trata de un cambio en su PIB, que ha crecido de manera muy abultada, pasando de sólo 78 mil dólares el 2003 a más de 268 mil el año pasado, sino de la percepción que la ciudadanía tiene de este crecimiento. Si hace diez o cinco años atrás los gobiernos y la prensa afín podían aclamar los flujos de inversión extranjera y las altas tasas de crecimiento económico, hoy prefieren no festejarlos. Desde que las primeras movilizaciones estudiantiles comenzaron a exhibir las cifras de la desigualdad, la opinión pública sabe muy bien a quiénes pertenecen esos guarismos. En las redes sociales rápidamente hicieron su lectura. Para los activistas y comentaristas, la información simplemente debió haber aparecido en las páginas de algún semanario de humor. Se trataba del mejor chiste de la semana.

LA SABROSA TORTA MAL REPARTIDA

La desigualdad, bien detectada y registrada, no aminora con el crecimiento de la economía sino tiende a profundizarse. El diez por ciento más rico absorbe cerca del 60 por ciento de la riqueza, en tanto el uno por ciento más acaudalado más del 30 por ciento. Si observamos el crecimiento de la economía durante los últimos diez años, veremos que la creación de riqueza se ha concentrado en ese grupo. Bajo otra mirada, el aumento de los ingresos de aquella minoría se ha hecho mediante el empobrecimiento del resto. Las protestas en las calles son principalmente de sectores medios, que ven cómo el fruto de su trabajo termina en los bancos y en las grandes corporaciones. Si hay creación de riqueza, ésta no está en la gran mayoría de los chilenos.

El país ha crecido durante los últimos diez años a un promedio anual entre el cuatro o cinco por ciento, pero las grandes corporaciones, como la minería o la banca, a tasas sobre el veinte por ciento. En el otro extremo están los trabajadores y las pequeñas empresas. La evolución de los salarios y de las ventas apenas registra tasas del uno por ciento al año. Esta economía de varias velocidades sólo tiene una explicación: la apropiación de la riqueza, a través del control de los mercados, pero también por la utilización de mano de obra barata, desregulada y desorganizada (hasta ahora) por unas pocas gigantescas corporaciones. Este fenómeno, que hace diez o cinco años era discusión de académicos y activistas, hoy es una realidad que comparte gran parte de la ciudadanía. Las protestas no son por simples reformas o reivindicaciones puntuales: apuntan al desmantelamiento del modelo que ha hecho posible estas desigualdades.

Las elites políticas y empresariales han relacionado las protestas ciudadanas con el aumento de la riqueza nacional. Hablan de crisis de crecimiento, de demandas de clase media y reconocen, lo que ya es un avance, la necesidad de una mejor distribución. Es una realidad que hasta comparte la UDI, con su eslogan “un Chile más justo”. Pero se trata de un discurso que refuerza el modelo de libre mercado y Estado subsidiario, expresado hoy mediante todo tipo de bonos asistenciales.

Sabemos que ésta es la idea de justicia de la UDI y el sector privado, que sin embargo hoy saben que no son una respuesta a las demandas estructurales de la población. Es por ello el miedo, que es posible observar en las campañas contra una eventual reforma tributaria. El gurú económico de la extrema derecha, Hernán Büchi, en una entrevista a El Mercurio arremetía contra las propuestas de reformas que han comenzado a levantarse como futuros programas de la Concertación. Se trata de la creación de un clima de conflicto, útil para eventuales y futuras negociaciones.

La experiencia nos dice que las políticas asistenciales, que sólo han sido útiles para reducir en parte la extrema pobreza, no sirven para solventar la actual crisis que vive la gran clase media. Al observar el efecto de estas políticas públicas durante los últimos años vemos que la amortiguación de las diferencias es prácticamente nula. El ingreso autónomo -que no considera los subsidios-, del diez por ciento más pobre, representa sólo el 0,9 por ciento del total de la renta, en tanto el del diez por ciento más rico, representa el 40 por ciento. Con los subsidios, la corrección es mínima: 1,5 por ciento contra 39 por ciento.

Estas políticas, que tienen como efecto la consolidación de las desigualdades, son hoy una realidad para la ciudadanía que reclama cambios de fondo. Lo es en Chile, pero también en Brasil, España, Turquía, Grecia y otros países. El modelo de desarrollo basado en el libre mercado ha conducido a la concentración de la riqueza y el poder en unas pocas manos, en desmedro de gran parte de la población que ha disminuido su calidad de vida. Cuando la salud, la vivienda y la educación, en otras épocas consideradas como derechos económicos y sociales, pasan a ser servicios o bienes de consumo con fines de lucro, las condiciones de vida de esos “clientes” sufren un evidente retroceso.

Chile es considerado un país de alto ingreso. Pero, ¿para quiénes? Para los dueños del capital, de los medios de producción. A diferencia de las elites, que debieran festejar el ingreso en este nuevo grupo de países como una reafirmación del modelo, la ciudadanía tiene otro diagnóstico, el que se expresa con meridiana claridad: recuperación de los medios de producción, renacionalización, estatización.

Las demandas levantadas por las organizaciones sociales que convocaron al paro nacional del 11 de julio apuntaron a una reestructuración completa de la institucionalidad económica y política, las que eran impensables hace cinco años. Cualquiera de ellas, desde el final del sistema de capitalización individual en las AFPs a la educación gratuita y de calidad, desde la renacionalización del cobre a una reforma tributaria que nos coloque al nivel de los países de altos ingresos, significa una desinstalación del modelo neoliberal. El tiempo de las reformas, que no las detectó la elite política y empresarial, ya pasó. Hoy es el momento de cambios profundos. (…)

http://www.elciudadano.cl/2013/07/17/73649/chile-desarrollado-chiste-o-provocacion/

73° Capítulo de ECONONUESTRAS 22-jul-2013

la voz

Hablamos de la desigual depresión, clases de ética, chile país ‘de arrollado’, cobre y crisis mundial

Dirigente de la Guerra del Agua en Bolivia: “Un pueblo movilizado puede recuperar lo que se le quitó”

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por TheClinic.cl

Oscar Olivera Foronda, quien en 2000 fuera portavoz de la Coordinadora de Defensa del Agua y la Vida, parte del movimiento social que puso fin a la privatización del agua en Cochabamba habla en su paso por Chile de la importancia de las sociedades movilizadas para lograr vencer a la política del “despojo”, como él llama al proceso de privatización que se ha impuesto desde la década de los ’80 en toda Latinoamérica.

Ha sido dirigente sindical durante 30 años, pero no fue sino hasta el año ’96 cuando asumió un rol a nivel regional como dirigente de varios sindicatos obreros. Oscar Olivera es obrero metalúrgico y por ese entonces trabajaba en una fábrica de zapatos. Fue ahí cuando “le dimos otro rol al sindicalismo, que estaba debilitado, muy apagado. Decidimos realizar un proceso de visibilización del mundo del trabajo construido por el neoliberalismo. Es decir, el mundo de un trabajo precarizado, sin derechos, sin seguridad social, gente a la cual se la ha criminalizado por crear un sindicato”, señala Olivera a The Clinic Online de paso en Chile luego de realizar dos charlas en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Siendo un referente en el mundo del sindicalismo para el año 2000, agrupaciones de campesinos se acercaron a él para informarle y dialogar acerca del contrato de privatización del agua que el gobierno de Hugo Banzer estaba firmando impulsado por el Banco Mundial concesionando el servicio del agua a un consorcio formado por tres multinacionales: Bechtel y Edison de Estados Unidos y Abengoa de España. En ese momento Olivera se involucró en la lucha para dar término a este proceso de privatización o “despojo”, como le llama. “Me enteré que para fabricar un par de zapatos se necesitan 8 mil litros de agua, y en la fábrica se producían 15 mil pares de zapatos diarios. Y yo veía en la población la escasez de agua y comparado con el proceso industrial que derrochaba tanta agua, dije: no puede ser. No es compatible”.

Fue así como empezaron cinco meses de lucha para terminar con un acuerdo que no sólo había cambiado la forma de vida de indígenas y agricultores sino que había encarecido brutalmente el precio del agua: “La Organización Mundial de la Salud recomienda que solo el 2% del ingreso familiar sea destinado al pago del servicio de agua. En Cochabamba se estableció un 20%. Entonces la gente tenía que elegir entre pagar por el servicio o comer”, señala Olivera.

Otro punto importante es que establecía un mercado del agua sobre fuentes “que durante muchos años habían sido utilizadas, no sólo para el consumo sino que para el trabajo agrícola. La gente no concebía que de un día para otro estas comunidades puedan perder el acceso a las fuentes de agua”. Esto motivó cinco meses de movilizaciones masivas que fueron catalogadas como La guerra del agua y que lograron finalmente dar fin al contrato y, más allá de eso “puso sobre el escenario concreto una verdadera democracia, es decir, ¿quién decide? ¿Deciden unos cuántos? ¿Unos políticos con empresarios o decide la gente?”, cuenta Olivera.

Si la privatización empieza el ’85 en Bolivia ¿por qué recién el año 2000 hay una gran movilización al respecto?
El agua es algo que toca la vida de la gente. No es lo mismo privatizar una empresa telefónica, que privatizar el agua, algo que atenta contra la existencia misma de la vida. Otro elemento es que esto, particularmente en las zonas urbanas, imponía una elevación tremenda de las tarifas de aguas. Eso era inaceptable, la gente tenía que elegir entre comer o pagar el servicio. Otro elemento es el hecho que nos sentimos ignorados durante todos esos años por el poder político. Es decir que no existimos para los políticos cuando toman medidas. Sólo existimos en dos ocasiones: cuando hay elecciones y cuando hay que pagar impuestos. Entonces esa actitud de desprecio, el año 2000 fue una especie de acumulo de todas estas indignaciones. Entonces eso hace que la gente diga: “basta”.

Que hayan tenido ese nivel de defensa del agua, ¿tiene que ver con la cultura del pueblo boliviano?
Yo creo que estos procesos de lucha no solamente son de resistencia y confrontación, sino también han sido de recuperación de la memoria de la gente y procesos de construcción. De ninguna manera podemos ignorar aquello. Por una parte la cultura quechua concibe la democracia de otra manera, no como una estructura vertical sino como una horizontal, participativa, rotatoria. Y creo que esos elementos han servido de mucho. La gente no tuvo miedo en ponerle el cuerpo a las balas para defender esa forma de percibir la democracia y el agua como un recurso. Y esta cosmovisión ha sido contagiada también a zonas urbanas, y vemos particularmente en la juventud esa recuperación. Vemos en las comunidades ese sentirse orgullosos de su lengua, de su rostro, de su apellido, de su vestimenta, la gente ya no tiene por qué sentirse avergonzada. Y después ya también el hecho de que en Bolivia el 62% de la gente se considera indígena, eso es importante.

Acá las movilizaciones también están relacionadas con la privatización: de la salud, la educación, las pensiones, pero los medios casi siempre se fijan en lo violento. ¿Les pasó eso el 2000?
Bueno lo que ocurre el año 2000 en Cochabamba es exactamente igual a lo que está ocurriendo en muchas partes del mundo. He estado en Asia, Europa, América y he podido transmitir esta lucha que demuestra que es posible superar y vencer enemigos tan poderosos. Que un pueblo movilizado que sabe definir colectivamente un objetivo común, puede vencer. Puede recuperar lo que se le quitó. Entonces entiendo yo estas movilizaciones que ante todo tienen una característica muy importante: ya no son los partidos ni los sindicantos los que convocan a estas movilizaciones. Sino que son más bien una convocatoria de grupos no institucionalizados.

O agrupaciones independientes.
Son una especie de colectivos autónomos que van estableciendo espacios de deliberación y de toma de decisiones. Y que esos espacios de jóvenes, de trabajadores, de jubilados, de indígenas que se sienten atravesados por estas políticas de despojo, se van articulando. Y la fuerza del movimiento nos permite ver que las sociedades en movimiento se van articulando y empiezan a ocupar territorialmente espacios para decir: “este territorio es nuestro”. Concentrándose en la Plaza principal en Cochabamba o acá como lo hacen los chicos en la Alameda. Logran establecer un espacio de construcción de un nuevo tipo de convivencia social. Yo no he visto ninguna lucha con angustia y miedo, más bien es una lucha alegre, creativa. Nosotros en la Guerra del Agua fuimos muy creativos en desarrollar formas de comunicación y de involucramiento cada vez mayor de toda la sociedad en su conjunto. Logramos juntar a los desocupados o vendedores ambulantes con los propietarios de las zonas ricas de cochabamba, logramos unir. Y eso se está cumpliendo en todo el mundo.

Pero acá cuando se muestra sólo lo violento en la televisión los movimientos van perdiendo fuerza
Yo creo que no hay que estar ajenos a que así como nosotros estamos pensando en las tácticas para poder fortalecernos, el sistema también piensa en cómo ir destruyendo estos procesos organizativos y de construcción de fuerza de la gente. Entonces hay varias tácticas. Una es que se mandan bandas de incrustados del propio gobierno en las manifestaciones.

Eso han dicho que pasa acá también.
Creo que los gobiernos están estableciendo estas formas de generar violencia. Y algo que es nuestro enemigo principal, que es el miedo. La gente se desarma completamente, hay una desconfianza absoluta en el otro y se destruye el proceso organizativo. Yo creo que esta violencia parte fundamentalmente de los gobiernos. Porque ¿cómo es posible que cinco mil policías y mil militares no pudieron controlar a un centenar de personas que estaban cometiendo actos de vandalismo en alguna región de Brasil en las movilizaciones? No se puede explicar. Y esto es porque se quiere generar miedo y temor para que la gente no salga de sus casas y lo vea desde la tele.

Link para ver el documental boliviano “la guerra del agua”: http://www.youtube.com/watch?v=GXMt3yYs0tc&list=PLD76012D0D1183E61

http://www.theclinic.cl/2013/07/15/dirigente-de-la-guerra-del-agua-en-bolivia-un-pueblo-movilizado-puede-recuperar-lo-que-se-le-quito/