Elecciones en EE.UU. y China para definir a los Presidentes del Mundo

Desde el 8 al 14 de noviembre se realiza en China el XVIII Congreso del Partido Comunista en el cual 2.270 delegados remodelan la composición de los tres principales órganos del Partido: Comité Central, Politburó y Comité Permanente. Para el Partido, que gobierna desde 1949, esta sería la «quinta generación de líderes» que gobernará el país durante los próximos 10 años.

Lo anterior ocurre tan sólo dos días después del triunfo del ‘Premio Nobel de la Paz’ Barack Obama, reelecto para dirigir a EE.UU. durante los próximos cuatro años. En otras palabras, en una semana los estadounidenses y los chinos (en realidad, el 0,17% de estos últimos) dirimirán el futuro del mundo, escogiendo a los dueños del Imperio norteamericano, amenazado por el Imperio asiático, cuyos tentáculos no sólo se esparcen para recuperar las glorias de los siglos anteriores al XIX, sino también desafiando la hegemonía estadounidense.

El 6 de septiembre de este año, mientras en EE.UU. se realizaban las convenciones Demócratas y Republicanas, China anunció que utilizará al Yuan como moneda de pago para la comercialización de petróleo en el exterior. Lo anterior fue interpretado como un desafío al dólar, moneda que – desde el fin de la Segunda Guerra Mundial – se transformó en la principal moneda de reserva, cosa que China sabe muy bien ya que posee la mayor reserva del mundo. Precisamente, la actual crisis y la volatilidad en el sistema monetario internacional hizo que un mes después China anunciara un nuevo hito: promover el Yuan como su moneda de pago a nivel mundial

Pero el mapa monetario no se ha desplazado solo, puesto que la economía ‘real’ también ha cambiado su eje en la última década hacia países ubicados en la periferia del Capitalismo Mundial. Los BRICs (Brasil, Rusia, India y China) son considerados potencias emergentes y parecen reordenar la distribución del producto mundial a cómo ésta se organizaba antes de la irrupción del Norte de Occidente como eje económico del mundo, allá en los inicios del Capitalismo (ver mapa). De hecho, el desarrollo de China se está produciendo diez veces más rápido que la del Reino Unido durante la revolución industrial, y a cien veces su tamaño. Todo lo cual está íntimamente relacionado con los órdenes de magnitud de la población que migra del campo a la ciudad, conformando la acumulación originaria, es decir, mano de obra que desemboca en la explotación capitalista de las ciudades. De hecho, en China en los últimos diez años, el porcentaje de población urbana pasó de 36% a 50%. 

 

Con tal cambio en el balance de poder, el Mundo no queda indiferente a estas definiciones en noviembre del 2012, donde viejos-nuevos líderes emergen, ya sea por la reelección de Obama como por la designación de las autoridades chinas. 

Sea cual sea el futuro de la «dominación mundial» el campo de los trabajadores no vislumbra mejores condiciones. No sólo los modelos productivos y vida de consumo norteamericanos que tanto conocemos también los acarrea la potencia asiática, sino también ya se habla de un imperialismo chino en zonas de enorme potencial energético y de otros recursos naturales como África. 

Imperio o no, lo que ocurre no es más que la exportación de un modelo, en especial la relación de cada país con sus propios trabajadores. Precisamente, la masa de chinos que se ha trasladado del campo a la ciudad y que representa un tercio de la población económicamente activa de China vive en condiciones precarias: ganan la mitad del salario típico urbano y sin protección laboral o legal y por ser campesinos no tienen acceso a la salud y educación urbanas. Parece una ironía que una revolución encabezada por el campesinado termine con éstos como los grandes excluidos. Lo anterior se suma a las condiciones de los trabajadores oriundos de la ciudad, puesto que en 1982 la reforma constitucional impulsada por Deng Xiao Ping suprimió el derecho de huelga, y los sindicatos son apéndices del Partido Comunista.

Desde Chile, el impacto para los trabajadores chilenos es indirecto, aunque no menor si consideramos que Chile posee una de las economías más abiertas del mundo y de fuerte dependencia hacia ambos países, pues constituyen la base del comercio exterior chileno. EE.UU. (con quien Chile posee un TLC desde el año 2004) es la principal fuente de importaciones chilenas y el segundo destino de las exportaciones; mientras China (TLC desde el 2006) es el segundo proveedor de Chile y el principal destino de los envíos chilenos, así también el principal destino de las exportaciones mineras chilenas, tanto para minería de cobre (34% del total) como para el resto de la minería (29%). Justamente, fue la demanda interna china para su urbanización, la que ha producido que el valor del cobre haya alcanzado precios históricos en los últimos años. A final de cuentas, seguiremos en las manos del ‘Norte’.

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